Hoy, después de tres años, escribo este artículo con un título aseverativo “Un mal término” porque en este trienio he ido pasando por experiencias de ejercicio docente cada vez más funestas y degradantes en colegios “particulares”, como dijo el padre Juan Dumont Chauffour en la homilía por el Día del Maestro en el 2 008: “colegios particulares de mala muerte”.

En aquel artículo reflexioné sobre la pedagogía porque al encontrarme con la realidad del primer colegio particular en el que trabajé en Comas, me di cuenta que para ejercerlo no se necesitaba haber estudiado tantos años y que nada de lo aprendido se aplicaba. Era un sistema tradicional y hasta retrógrado. Me cuestionaba cómo los padres de familia pueden consentir tal estafa. Pero en el balance general de estos tres años calificaría a ese colegio como “regular” porque no era el caos total y no era improvisado del todo. Por eso, quería recordar y recordarme sobre la importancia de la ciencia que debería guiar mi labor profesional.

Al año siguiente, salí de ese colegio tras una mejor oferta económica; pero, también, tras la ilusión que eso signifique una mejora en las condiciones educativas. Parecía así, pero al transcurrir los meses me di cuenta que todo era igual, o quizá, hasta peor. Sin embargo, esta experiencia me permitió darme cuenta de otra cosa más sobre la realidad de los “colegios particulares” de esta clase: lo importante es que los padres de familia paguen la pensión y tratar de mantenerlos a toda costa en el colegio; al costo de consentir malcriadeces, arreglo de notas, etc.

En mi tercer año, migré a otro colegio, no tan ilusionado, pero sí con una esperanza. Sin embargo, fue peor, Ahí me di cuenta del extremo de la “realidad educativa del país”. Se hacen colegios con tanta facilidad como vender chicha en La Parada ¡sorprendente! Este colegio funcionaba en un local alquilado, además, resolución alquilada y había sido el fruto del cisma de otro colegio que el coordinador por “desacuerdos” se salió en pleno año escolar. Lo más terrible vino cuando llegaron nuevos “desacuerdos” y se da la ruptura nuevamente al mismo estilo: abre su colegio nuevo en pleno año escolar, se va con un grupo de alumnos, alquilan un local, etc. Pero… ¿cuáles fueron los desacuerdos? ¿Pedagógicos? ¿Didácticos? ¿Económicos?... Por lo que pude percibir, caprichos antojadizos de una educación relajada donde los alumnos hacen lo que se les da gana: no estudiar y salir con notas exitosas, es más, hasta con diplomas. He ahí el secreto de tantos seguidores cada vez que sale de un colegio y funda otro.
Me pregunto, nuevamente, ¿dónde está la UGEL en medio de todo este caos educativo?, ¿quiénes son los más perjudicados y quiénes los cómplices? Justamente, en esta última interrogante pongo en tela de juicio el papel de los padres de familia quienes son los que pagan, por lo visto, no por una buena educación, sino por una libreta “azul”. Todo por unos cuantos soles, aunque algunos ni pagan.
En este artículo no reflexioné sobre pedagogía porque, en la realidad, nada de eso sirve ni se aplica en muchos colegios por una sencilla razón: cualquiera se puede parar al frente de un grupo de niños o jóvenes y será buen profesor si los tiene calladitos y llenando el cuaderno, lo demás no importa. En todo caso, los niños y jóvenes de este sistema se dan cuenta donde y con quien lo pueden pasar bien sin tener que estudiar y sacando buenas notas.
Como contaba, con la salida del coordinador con un numeroso grupo de alumnos fui testigo cómo el colegio se fue despedazando ante mis ojos, y con ello, también, fui testigo cómo mi carrera, ilusiones y esperanzas de ser un aporte como profesor se fueron cayendo y, más aun, cómo la educación peruana se venía abajo. Finalmente, no sé si me quedé con el grupo correcto, creo que a los otros no les fue tan mal, al menos tenían alumnos, razón de ser de un profesor.
Lic. Henry Antonio VILLENA CACHIQUE

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